ALGO SOBRE DEBATES PARLAMENTARIOS

Oh tempora…Oh mores.   Sofía de Laferrère.   Noventantena 2020

Sería difícil negar que los debates parlamentarios ya no suscitan el mismo interés que tenían antes. Los temas, sobre todo los grandes temas, llegan precocinados de las comisiones y es regla general que los resultados se conocen de antemano. En algunas pocas ocasiones se resuelven por circunstancias imprevistas: algunos legisladores que se retiran y cambian la mayoría; alguien que entra sorpresivamente y la mueve para el otro lado; alguien que ante el asombro de los propios – no tanto de los ajenos – cambia a último momento su voto. Está en la historia.

A veces nos damos cuenta de que el intercambio de ideas no está en el centro de las decisiones. La información, los datos incontrastables, los discursos que vale escuchar, incluso para cambiar una posición tomada, rara vez cambian el curso  de las decisiones que ya han sido trazadas o determinadas por el partido político y no se tarda en comprobar que muchos legisladores “no piensan en pensar por ellos mismos”. De ahí que, con frecuencia, las sesiones se prolongan más allá de lo razonable y no aportan nada original al debate, porque además se repiten los argumentos – que hasta se leen – aunque sean los mismos que ya han sido expuestos por los correligionarios sin que se agregue nada a lo dicho. Parecería que la cuestión es lucirse y así los oradores se van en florilegios o en acusaciones, sobre todo ahora que se televisan las sesiones: hablan, más que a sus congéneres, a la audiencia invisible que creen los está siguiendo. Bueno es decir que, salvo en el Senado donde hay otras costumbres, esto es lugar común en Diputados.

También se comprueba que el periodismo tampoco se interesa demasiado por el contenido o el desarrollo de los temas, y se detienen más en situaciones anecdóticas o actitudes personales,  picantes o violentas a las que  prefieren dar mayor visibilidad.

En estos tiempos de pandemia, la decisión de imponer la tecnología – bastante incipiente por cierto – aumenta la dificultad de hasta poder concluir una idea o de aportar datos, cuando quien preside la sesión irrumpe con el consabido: “Su tiempo ha terminado señor Diputado o Senador… ¡le recuerdo que su tiempo ha terminado”! que tira por la borda cualquier hilo de un pensamiento. Ahí queda el legislador guardado en su cubículo, sin que nadie pueda oír su reclamo. A veces raya en una falta de respeto por el orador y curiosamente se utiliza más cuando expone la oposición o cuando es necesario rebatir algún dato o ponencia equivocada que mejor se desvanezca.

Como soy “de antes”, yo suelo recorrer con placer esos debates,  donde legisladores ilustrados, algunos grandes hombres de estado, bajaban al recinto con mentes llenas de ideas, de conocimiento,  de cultura y podían explayarse y demostrar su calidad sin extenderse en palabras vacías. Oh tempora, oh mores.

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